Me permito escribirte porque quizás no me permita volverte a ver. ¿Por dónde comenzar? Por la descripción de tus ojos o por la debilidad que provoca en mí tu sexo. Trato de sacar de los anales de mi memoria aquellos primeros encuentros, pero son tan oscuros, tan primitivos comparados con la última vez que nos vimos, que me resulta una pérdida de tiempo gastar tinta en aquello que no cuajó nunca. En cambio, si me concentro en el ayer -intuyo- que las palabras se escribirán solas, casi por arte de magia.
¿Qué se puede hacer durante tres horas en un hotel? No. No pienses que es poco tiempo para algo trascendental. Puede resultar algo tan provechoso, tan sublime ¡cómo no! si despertamos a la "Diosa multiorgásmica". A la adolescente que no había muerto, aquella que encadenada a mi interior, me estaba enfermando por salir.
Me gustan tus ojos: tus pestañas crespas y negras que dan un toque de profundidad a tu mirada. También me imanta la vista y el deseo de esas manos de dedos largos, de tez lunar, esa suavidad aterciopelada que hace un doble llamado: querer ser acariciada y palpar cuanta montaña y curva esté a su paso.
Investigadoras -de medio tiempo- de mis rincones, de mis secretos. De este párrafo no hay muchas ideas nuevas, puesto que la información entregada ya había sido declarada.
Sin embargo, hay otras cosas que me gustaron de ti, como por ejemplo tus palabras pegadas y repetidas que con trabajo salían de tu boca. Eso también me encanta, te hace lucir como un niño nervioso. Un ser inocente, aunque no lo seas.
Despierta la sensación de querer cuidarte, de protegerte. De extender
Esas tres horas. Pero calma, “que no panda el cúnico”, no pienses que me enamoré de ti. Sólo estoy escribiendo porque hoy amanecí pensándote.
Sé que esto es efecto de tener la fecha exacta de caducidad; la conciencia plena, sin engaños ni estafas, de saber absolutamente que seremos dos sombras en un cuarto de placer, diluyendo cada orgasmo con el pasar del tiempo.
Te escribiré tanto. Recorreré nuevamente tu cuerpo con mis besos y mi lengua hasta que no quede rastro de ti. Hasta que haya confundido de tal manera la razón que no pueda distinguir entre la ficción de mis palabras y lo que realmente eres.
Sublimaré cada minuto vivido: convertiré a la puta en Diosa, y al mendigo en rey. ¡Este es mi derecho a réplica! ¡Mi grito en silencio! Mi ahogado reclamo de saberme presa en esta cultura de mierda donde los planes para el corazón ya estaban trazados. Soy apenas el maestro que con una cuchara quería mover la montaña.
Prometí no mentir, al menos no en estas líneas, la verdad es que tampoco soy ese maestro. La verdad es que tengo miedo, miedo de mi afán por buscar lo que está prohibido. Miedo de creer que existen cosas prohibidas. Miedo de no recordar o de olvidar fácilmente. No quiero olvidarme de ti, aunque no te vuelva a ver quiero darte vida con estas palabras.
Retratarte. Inmortalizar la suavidad de tu piel, el color negro de tus ojos, tus manos agarrando con fuerza: primero mi cintura; luego, mis caderas. (Tuve la ilusión de que podrías desgarrar mi máscara).
Me olvidé tantos años de mí. Me quemé en una hoguera por bruja, por puta, por perra. Y ayer, como en un ritual secreto -de corazón a corazón; de piel a piel- las regresaste a todas, tú las reviviste y yo las inmortalicé en este papel.
Y si volvieran de nuevo la persecución y la hoguera. Y si yo volviera a encadenarme a la mujer perfecta, al menos te podré leer y quizás el recuerdo de que ellas viven en mí y salieron a exigir el reconocimiento perdido, me permita encontrar el camino ¡Si es que lo pierdo nuevamente! Estaré atenta para que esto no suceda. Pero si me distraigo te tendré a ti abrazándolas a todas, ¡aceptándolas a todas!
Y así como esas tres horas inevitablemente expiraron, así mismo viene caminando el final de esta honesta declaración, tal vez ya te conocía de otra vida; tal vez los orgasmos me pusieron boba; tal vez la idea de saberte perdido, ¡Tal vez! ¡Tal vez! ¡Tal vez! Tal vez tu propósito en mi vida fue lo que realmente sucedió; lo que ambos sabemos que pasó. Tal vez eras un regalo que me merecía. Tal vez fui tentada y no pasé la prueba. ¡Tal vez pasé la prueba! Porque me permití ser libre, dejar el tiempo morir y acariciarte la nuca para decirte adiós con ese tierno beso -que te di antes de bajarme- y que ahora repito con nostalgia ¡pero viva!
Adiós.