Cuesta salir de la habitación,
verte acostada, desnuda, tapada a medias,
sentir el calor y el aroma penetrante de tu excitación.
Me cuesta dejar de acariciar tu espalda
y morder tus nalgas,
ni qué decir de sentir esos suspiros.
Es inevitable revolcarnos en el colchón tan intensamente,
¡tal vez no conversamos demasiado!
Pero sé que sentías las mismas
sensaciones placenteras que yo.
No quise imaginar cómo sería la noche perfecta,
solo dejé que “llegara ese momento”
caricias que recorrieron cada parte de tu ser,
fue el inicio de nuestra detonación.
