La vida perfecta es algo que muchos seres humanos pretendemos alcanzar a través del gozo que otorgan el éxito y otras emociones que catalogamos como positivas, negándonos así a la posibilidad de errar, fracasar o sufrir.
No obstante, la idea de la vida perfecta es falsa, irreal y a la vez constituye un rechazo a nuestras características y cualidades humanas, puesto que la tristeza, la ira, el coraje, el enojo, inclusive el miedo, forman parte importante de nuestra humanidad; representan características a las que no podemos renunciar. Tanto estas emociones como los momentos de éxito y los sentimientos de alegría, dicha y positivismo, forman parte de nuestra naturaleza y no podemos renunciar ni a unas ni a otras.
Aquellos que pretenden renunciar a las emociones negativas, renuncian también a las positivas y viceversa. Cualquier renuncia emotiva, física o racional, es negativa pues estanca nuestra energía y sentimientos. Debemos dejar fluir todas las emociones que conforman nuestra naturaleza, todas son parte esencial de nuestro desarrollo. Tenemos que aceptar y permitirnos vivir todo tipo de sensaciones, las cuales forman parte del control que debemos ejercer sobre nosotros mismos, así como la apertura de posibilidades cuando nos enfrentamos al mundo.
La perfección representa el mayor grado de una condición. La ausencia de defecto es una ilusión, no existe. Los seres humanos somos seres imperfectos y tenemos la posibilidad y la oportunidad de errar. El fracaso y los momentos difíciles son los que nos hacen convertirnos en seres maduros y experimentados, es lo que nos engrandece como hombres y nos muestra la posibilidad de alcanzar el éxito, el amor, la plenitud y la felicidad.
Las emociones incómodas que por costumbre negamos, son una señal de que estamos vivos. El error y el acierto mantienen una relación intrínseca e inseparable. Toda historia humana de éxito se presenta después de haber superado el error y el fracaso, pues estos momentos son los que nos forman, los que nos hacen más fuertes y los que construyen de manera firme la madurez, el desarrollo y la evolución.
Tanto la posibilidad de error como la de éxito son características humanas y ambas pueden producir felicidad y amor, bienestar y plenitud. Basta con aceptar nuestra realidad, comprendernos, conocer nuestro interior, controlarnos y gozar ante cualquier circunstancia.
Esto no significa permanecer estático cuando nos sintamos vulnerables, sino que después de aceptar nuestra condición y conforme nuestras motivaciones, debemos emprender la acción más apropiada para regresar a un estado óptimo y obtener una vida más equilibrada.
Para ello, debemos alejarnos de las ideas que creen estereotipos. Una persona que está rodeada de bienes materiales y éxitos profesionales, no representa garantía de ser una persona feliz o llena de amor; tampoco una persona humilde y sin aparentes logros laborales, es garantía de infelicidad y sufrimiento. Todos tenemos necesidades, objetivos y perspectivas diferentes. La felicidad y el amor van mucho más allá de los estereotipos y los estatus sociales, culturales o materiales.
Las necesidades humanas basadas en lo material, constituyen tan sólo un escalón, más no la cúspide. Debemos tener conciencia de nuestra condición humana y gozar de igual manera frente a cualquier circunstancia, disfrutando desde nuestro interior y entonces lo exterior solamente será un reflejo, más no será un parámetro de nuestra condición natural. Esta visión constituye la base del aprendizaje de optimización de nuestros recursos y representa un paso gigantesco hacia nuestra autorrealización.
Significa despertar la atención a lo que está pasando en este momento, por eso el proceso de curación tiene que ver la forma en cómo la persona afronta la vida, vive las situaciones difíciles.
El médico asegura que “hay que encontrar la felicidad en el momento y eso va a dar la fuerza necesaria y la apertura de mente para tomar las mejores decisiones y ser más asertivo en el futuro”.
Colaboración de Mandrade
Chile