Voy caminando por la calle, todo en sí está muy sereno, solo mi presencia acompaña a aquella noche que de pronto llega y veo cómo el cielo se va distorsionando en un tono gris. Todo se nubla y cae la primera gota en el pavimento, en un instante comienza a llover. Me encuentro exactamente en el centro de mis pensamientos observando el caer de las gotas, y veo cómo en un instante todo el suelo está inundado.
Hace poco decidí no expropiarme de la belleza de la vida, sonrío, alzo los brazos y fijo la mirada al cielo dejando que la brisa moje mi rostro. Comienzo a girar dando vueltas, me detengo bajo los brazos y sin ocultar la sonrisa que me acompaña, comienzo a escapar de la lluvia. Al doblar la esquina, un fuerte impacto me detiene. Es un joven apuesto de linda sonrisa, me toma del brazo y se disculpa.
De pronto nos encontrábamos con sin querer debajo de un árbol, sentados en el borde de una banca hablando de todo y, sin darnos cuenta, cuando dejó de llover no le dimos ni la menor importancia al tiempo, aunque éste se fue volando. Las horas no dejaban de marchar y cada segundo se hacía más oscura la noche, el romance estaba invadiendo nuestros sentidos.
Cada sentido rogaba por hacer algo, el tacto pedía a gritos sentir su piel con la mía, el gusto quería probar el sabor de sus labios, la vista y el olfato pedían estar cerca de él para así poder oler su perfume y admirarlo más de cerca. Y el oído, el oído quería seguir escuchando su voz y en un instante ya pedía que él dijera un “te amo”. Y entonces entendí que esa noche estaba diseñada con un propósito, el de unirnos para toda la eternidad.
Quedamos en vernos pronto, no pude decirle que deseaba mirarlo al siguiente día ni tampoco pude decirle que nunca debía separarse de mí, la vergüenza me aterrorizó y no pude decir ni una palabra más. Solo pensamientos pasaban dentro de mí, como un instante de lluvia había cambiado mi destino, él estaba frente a mí, quería decirle que esa perfecta noche solo estaba ahí porque nosotros debíamos encontrarnos, esa noche solo tenía un dueño y ese dueño era nuestro amor.
Sentía la necesidad de quedarme con él hasta el amanecer pero la intriga de saber cuánto quería él permanecía ahí, parecía que sentía lo mismo que yo pero también lo callaba. Como todo un buen caballero, me pidió acompañarme ya era muy tarde y acepté. El camino hacia mi apartamento fue muy corto, el viento soplaba helador y la penumbra nos rodeaba. Jamás había sentido algo así, todo parecía irreal aunque era más verdadero que el estar vivo.
Llegamos y le invité a pasar, nos sentamos en la alfombra junto a la chimenea, tomamos un poco de café ya que habíamos permanecido horas mojados por aquella lluvia intensa y fría, le miré a los ojos y al fin me armé de valor para pedirle que se quedara y de pronto me dijo: ¿te incomodaría si me quedara al amanecer contigo? Lo miré y sonreí, cuando menos me di cuenta le abracé y quedamos uno tan cerca del otro.
Colaboración de Daniela Ramírez
México