Tan sólo el oír tu voz, me da respuesta del adormecido silencio que hay a mi alrededor. Es por ello que te odio tanto, como tanto te quiero. Puedo escribir sobre ti los versos más alegres, al tiempo que los más bellos y los más tristes.
No quiero oír tu estridente voz, como un llanto primero -en cambio- cuando derramas lágrimas dolorosas.
No puedo más que compadecerme de ti. Es entonces que tengo que darte el sosiego, con mi cálida voz, entonces yo te digo: si fueras mudo, los ojos se llenarían de lágrimas que recibiría la tierra con agrado. Pues también ella toma provecho, de lo mucho o poco. Pues te digo, que sin tu zumbar anhelante, unas lenguas -llenas de cantos latentes- no existirían.
Tú tan confidente, tan vociferante, para que me oigas. Mis palabras se adelgazan, alejándose de mí. Son más tuyas, que mías, pues eres el culpable, de este sangriento juego. Estás callado. En cambio, todo lo llenas -aunque tirado en un rincón- dejado en el olvido.
Más cuando hay soledades, en el viento de las angustias -como llanto de viejas soledades- eres, mi compañero más querido. Por eso no me abandones. Sígueme, sígueme compañero. Sigue tiñendo con palabras de amor. Pues tú, tan pequeño, todo lo ocupas en ese preciso espacio.
Cuando escucho tu lamento, me hago eco, de lo mucho que te quiero. Y puedo odiar a la vez.
Colaboración de poeta urbano
España
