Qué sola se siente la soledad
bajo la brisa de este crepúsculo
triste está entre los últimos
suspiros del día y los incipientes
de la noche larga, serena
y desguarnecida que se aproxima.
Donde el día y la noche
en este sublime atardecer
se atinan y se destierran
para nunca más volver
porque cada uno
en su espacio es único.
Parten junto con el aire y el aura de
este invierno helado, en este lugar
que es como un pequeño paraíso
rodeado de altas cordilleras nubladas,
donde es natural percibir el cantar
impetuoso de las aves.
En este pueblo en que al parecer
la maldad no existe o está escondida
¿O disfrazada?
Se logra ver en la gente
que circula por las calles adoquinadas
sin ningún temor a ser violentado,
se siente una frescura y tranquilidad
que penetra hasta lo más intrínseco del alma.
Colaboración de Itzamar
Nicaragua
