Mucho se habla de la soledad de sus efectos tanto curativos como dañinos, de sus resultados tan magníficos en algunos como tan degradables en otros. Hoy es otra de las tantas noches que intento convencerme a mí misma de que me estoy curando, que algún día ya no dolerá más, que eso que tanto me dicen a diario sucederá, que el dolor que finjo no sentir algún día realmente no estará, que mis tantos miedos convertidos en odios y yo podremos caminar de la mano en un jardín de sueños cumplidos, adornado con ilusiones rotas de aquellos que me lastimaron.
Pero ¡PUM! La caída es dura, mi realidad es otra, este cuarto ya está tan frio y vacío que el mismo oxigeno siente asco de acariciarlo, mi mirada… esa mirada que él amaba murió, se desvaneció junto con sus mentiras, con esas fantasías que una vez me hizo sentir con esas cosas agradables que no sabía que existían en mí, y que él logró sacar desempolvándolas de complejos y silencios no apreciados, de miradas opacadas por el castigo de la desaprobación.
Por aquellas cosas que hoy me repugna recordar, él pudo. Él lo logro y jamás se alcanzará imaginar lo que ahora daría porque nunca lo hubiese logrado. Ahora siento más que nunca que hay muchas cosas muertas dentro de mí, que apestan a lo que ahora soy, es la muerte más dolorosa que se puede experimentar.
Hay quienes dicen en voz alta y con profunda certeza “de amor nadie se muere”. Yo quisiera morirme de amor, y no tener que vivir esta muerte de asco, de miedos, de silencios que hablan con la boca cerrada. Pero ante todo no quiero tener que vivir esta muerte por ser quien nunca fui.
Tristemente el dolor es y siempre será la mayor inspiración.
Colaboración de Nunca estoy
México
