La mayoría de los hombres somos tímidos. Aun así podemos sorprenderlas a ellas con un piropo, lanzado a su paso, sin que ello implique compromiso alguno. Todos lo hacemos, es una condición natural para el varón y en general está socialmente admitido si no se trata de una ordinariez. Mucha atención, porque en varios países de América Latina diversas organizaciones lo denuncian como ‘hostigamiento’ o acoso callejero.
El piropo no es más que un exabrupto incontenible, casi inconsciente. Ojalá que, bien empleado, siguiera considerándose como una galantería. Pero para seguir adelante con el coqueteo de una señorita, lo que viene después es lo que cuenta. Si a la señorita se le ha dicho algo bonito en un lugar público, y ella te devuelve una sonrisa, es momento de “dejarlo todo en la cancha”. Y esa parte es la más difícil (rechazamos toda grosería como la de algunos ‘buitres’ que creen que la insolencia los va a llevar lejos).
El tímido, o sea casi todos nosotros, no quiere dejar muy en evidencia que está flirteando. Seguramente se querrá dar una imagen más recia que babosa. Para eso somos caballeros. En este sentido, hay signos que debemos intentar ocultar para no darle la impresión a la dama de que existe cierta desesperación por cortejarla.
Debemos intentar no sonrojarnos, ya que ese es uno de los signos inequívocos de que estamos iniciando un coqueteo. La mala noticia es que el rubor es una función corporal dificilísima de controlar, aunque existen secretos para intentar encubrirlo:
1. Deshacerse de la cafeína. Ella produce la constricción y dilatación de los vasos sanguíneos. Por otro lado, la sustancia aumenta tus niveles de ansiedad y con ello subirá el color a tu rostro.
2. Reducir el consumo de picantes y alcohol. Los primeros liberan calor, lo que lleva al enrojecimiento de la piel y se sabe que en algunos casos la falta de una enzima necesaria para descomponer uno de los elementos del alcohol produce el rubor.
3. Es conveniente inscribirse en una clase de teatro para vencer el temor al escrutinio público y con ello la facilidad para sonrojarse.
Se dice que si te encuentras mirando a una dama, de pie con las manos en las caderas y los pulgares en las trabitas del cinturón, estarías demostrando mucho interés por ella. Si no quieres hacerlo tan evidente cambia esa postura. Ese es el porte que el hombre promedio exhibe para demostrar confianza y a veces es percibido como un gesto machista.
Mucho cuidado con el contacto físico con la fémina que se intenta conquistar. Si estás cruzando las primeras palabras con ella, es lógico tocar su brazo de vez en cuando como indicación de proximidad. Esa señal mostrará que estás tratando de llamarle la atención, intentando encontrar cualquier excusa para continuar con la conversación. Lo prudente es no excederse en el ‘toqueteo’, a riesgo de ser considerado un pelmazo.
Los ojos son el espejo del alma. Y también nos delatan. Nuestras pupilas se dilatan, las cejas se mantienen levantadas mientras ella habla. Con ello estamos dando demasiadas señales de interés. Controlemos esas cejas, no es muy difícil al menos que tengas anestesiado el rostro por la belleza de la señorita. Más complicado resultará controlar el tamaño de las pupilas:
1. Deberás mirar hacia un punto muy iluminado. Hay que ubicarse en una zona donde recibas la luz del sol directo hacia el rostro.
2. Deberás hacer foco en algún objeto cercano a ti, que no sea la fémina por supuesto.
3. Tratarás de relajar el estómago, no demasiado para evitar situaciones embarazosas. Sucede que las pupilas de ciertas personas se dilatan cuando su pelvis está tensa. Ensáyalo.
Todos tenemos temor a ser rechazados, es humano. No reprimamos las emociones, pero tampoco las exageremos. Un empalagoso termina por irritar. Por el contrario, un hombre que controla sus emociones se dice que domina la segunda habilidad práctica de la inteligencia.
Colaboración de Mandrade
Chile