Me enamora tu sonrisa, la tranquilidad con la que recibes cada problema, la luz que desborda tu mirada... Tan llena de paz que tranquila recorres tu camino y sin prisas, llegas a mi encuentro.
Por las mañanas, al respirar el fresco, suspiro y es en ti en quien yo pienso, en esas tardes desenfrenadas que no tenían fin hasta nuestra madrugada, cuando vencidos nuestros cuerpos, se rendían entre las sábanas...
En absoluto, ella se había quedado preñada y no del vientre si no del ¡alma!
