Recogí los pedazos de aquel techo,
que se cansó de ser cobertor de mis días
y los sembré en el piso,
para que conociera: de los clavos, el taconeo
y el ruido de los zapatos rotos
por el andar de pared a pared,
detrás de las ausencias...
Cobarde manto que no supo copiar;
el selénico perfume de tu beso
ni la hermosa figura de tu espalda.
Techo que se interpuso entre mi voz y el cielo
gestando nubes grises.
Cómplice de la lluvia,
no fue capaz de guarecer mi cuerpo,
de la implacable gélida de los recuerdos...
