San José, Níjar, Almería, a 17 de abril de 2025. Quería que esto fuera un poema, decirte mucho con poco. Quiero decírtelo todo; para eso necesitaría más de un poema y, me temo, mis versos no son tan precisos como lo requieren mis pensamientos. Por eso elijo esto. Me preguntaste una tarde de estas cuáles eran mis preocupaciones, qué es lo que ocupa mi mente, a qué le doy importancia… Mientras pensaba cómo empezar a contestarte, tú hablabas y me explicabas las tuyas. Dejé que siguieras hablando hasta que me volviste a preguntar –aún no había encontrado la palabra para empezar– y no sé cómo logré que te sumergieras en tus ideas y continuaras con tu discurso. Si tuviera que hablarte de lo que me preocupa, tendría que escribir mucho de todo, pero siempre hay algo que nos acompaña al levantarnos, durante el día y hasta en la noche, aunque no queramos. He meditado sobre eso que me importa más que otras cosas, que prima sobre todo lo demás. Más de pequeña y no tan pequeña, si me preguntaban sobre cuál era mi mayor miedo, a menudo no contestaba, pero yo sabía que era la soledad. Ahora ya no me abruma como lo hacía; no me he parado a pensar en cómo han cambiado tanto mis preocupaciones, pero me gusta creer que es algo que se intuye fácilmente: algunas cosas van con la edad y otras son producto de otras que nos ocurren, tanto para bien como para mal. La vida, que enseña sin avisar. Últimamente me ronda mucho el arrepentimiento. Aunque entiendo que es en gran medida algo que se escapa de mi alcance, trato de minimizar las posibilidades de tener que experimentarlo si puedo evitarlo. Esto, aunque esté más presente ahora, es una idea que viene de atrás. Algo me debió ocurrir de pequeña y seguramente en repetidas ocasiones porque recuerdo decirme a mí misma: “Si tienes una oportunidad, aprovéchala bien”. Tengo un ligero recuerdo de mi yo más joven rabiando por no saber ver que había una oportunidad ahí, delante de mis narices, y no fue que no la supiera aprovechar, es que ni siquiera fui capaz de verla. Recuerdo la impotencia que llegué a sentir. A donde quiero llegar es que mi mayor preocupación ahora, con diecinueve años, es encontrar un balance. Yo, como creo que sabes, soy una persona profundamente sentimental, tanto para lo positivo como para lo que no lo es tanto. Hasta cierto punto podemos controlar nuestras emociones; nosotros somos “dueños de nuestro destino” (estoy de acuerdo con esto y merece una reflexión aparte), pero no siempre es así. No soy médico ni psicóloga, ni sé mucho de nada, ni siquiera de lo que debiera, pero entiendo que es irreal pensar que un ser humano tiene la capacidad de estar siempre feliz. Sería genial, ¿no? Yo creo que no. Todas las emociones han de tener cabida en su debida medida y proporción cuando toca. No quiero decir con esto que haya que estar triste, contento, angustiado, enfadado, eufórico o resignado todos los días a distintas horas; quiero decir que hay momentos en la vida donde estamos menos angustiados y más tristes, o más contentos y menos inspirados. No sé si me estoy haciendo entender; creo que me estoy metiendo en terreno pantanoso. A veces me pasa que tengo la idea ahí, un valor dominante, una manera de actuar o reaccionar por la que me rijo, pero que no soy capaz de verbalizar. Siempre he sentido muchas cosas de las que soy incapaz de hablar o siquiera identificar. Probablemente todas aquellas cosas que no te digo, ni siquiera me las digo a mí misma (Mac Miller). Lo que más me sorprende de todo esto es lo claras que tenemos algunas cosas; nuestra ética y moral están casi perfectamente delimitadas, sin embargo, y a pesar de ser nosotros conocedores de todo aquello que nos conviene y no, no somos capaces de cambiar. Lo tenemos todo, tenemos la oportunidad de hacer de nuestra persona alguien culta y bien formada, podemos brindarle a nuestro cuerpo más fuerza, más salud, podemos actuar y pensar como queramos; tenemos la posibilidad de expresarnos si queremos, y lo peor de todo es que lo sabemos. No es algo que se nos esté ocultando; tenemos todo al alcance de nuestras manos y nos da igual, porque, como ha ido todo bien hasta ahora, confiamos en que así será en el futuro. Y perdona si estoy hablando en plural y no te sientes identificado; ya llevo el relato muy avanzado como para cambiar ahora. Yo no me quiero arrepentir en el futuro de haber podido hacer todas esas cosas y no haberlas hecho. El tiempo pasa muy rápido, a velocidades que me aterran. Mañana voy a ver a gente de la que me despido a pasos de tortuga y con abrazos muy fuertes, porque sé que hasta que vuelva a verlos pasará mucho tiempo. Y ya es mañana, ya ha pasado todo ese largo tiempo que en realidad ha sido un abrir y cerrar de ojos. El tiempo es algo muy relativo también. Y seguramente merezca su reflexión. A lo que llega mi entendimiento es que tenemos que vivir al día y que los cambios grandes y notorios salen de esfuerzos “pequeños” de todos los días. No sé qué piensas tú. Esto es lo que tenía pendiente de responderte.